Tanta transpiración y lágrima que se confundía con la saliva que caía de la gente
estábamos todos tan cansados y condenados
las cadenas me hacían daño en las muñecas y en mi cuello
en esos momentos no existían ni los abogados ni la piedad
eramos todos testigos silentes de las injusticias que nos pasaban
ni empatía teníamos, todos, encerrados en nuestros propios casos
internamente, pensaba que ante ciertas eventualidades todos estábamos dispuestos a matar al otro para salvarnos.
La piel me quemaba, mi propia piel, la quería desprender a pedazos pero dolía todavía más. ¿Qué motivos habrían para seguir respirando? Pero la huevá era automática. Así aguanté treinta y cinco años.-
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